
– El deber me llama -se excusó Watson para dirigirse a la mesa con paso tambaleante.
– ¿Es su numerito? -aventuró Gill Templer.
Rebus se encogió de hombros. La especialidad de Watson era recitar de carrerilla los libros del Antiguo y Nuevo Testamento y su récord era menos de un minuto; en aquella ocasión seguro que no iba a ser menos.
– Un vodka largo -dijo Rebus al camarero de la barra-. Y otros dos de éstos -añadió alzando el vaso-. Uno es para Watson -aclaró al ver la mirada de Gill.
– Por supuesto -dijo ella con sonrisa de compromiso.
– ¿Tienes ya fecha para tu fiesta? -preguntó Rebus.
– ¿Cuál?
– La primera comisaria de la policía escocesa…, creo que merece una fiesta, ¿no?
– Me tomaré un zumo cuando me lo digan. -Vio que el camarero echaba un chorrito de angostura en su vaso-. ¿Qué tal el caso Balfour?
– ¿Es mi nueva jefa quien lo pregunta? -replicó Rebus mirándola.
– John…
Era curioso cuánto podía expresar una sola palabra. Rebus no acababa de captar todos los matices, pero sí los suficientes.
«John, no insistas.»
«John, sé que hay una historia entre nosotros, pero de eso hace mucho tiempo.»
Gill Templer se había roto los cuernos por llegar a ocupar aquel cargo, pero sabía que, en cualquier caso, iban a fiscalizarla al máximo porque había muchos que se alegrarían de un fracaso por su parte, y entre ellos algunos que ella habría calificado de amigos.
Rebus asintió con la cabeza, pagó las bebidas y echó el resto del whisky en el nuevo vaso.
– Para que no beba más -dijo señalando con la cabeza a Watson, que ya recitaba los libros del Nuevo Testamento.
– Tú siempre sacrificándote por los demás -soltó Gill Templer.
Watson concluyó su retahíla y se oyó una ovación. Alguien contó que era un nuevo récord, pero Rebus sabía que no, era sólo un cumplido protocolario como el reloj de oro de pulsera o de sobremesa. El whisky sabía a algas y a turba, y estaba convencido de que a partir de entonces, cuando bebiera Ardbeg, pensaría en aquel niño entrando en la comisaría…
