
Aquel día de primavera del difuso 1970, sentado frente a Aguirre, mientras él cerraba unas carpetas antes de hablar, pensé que podía aplicársele el verso de Auden: «La rotura de una taza de té es el camino que lleva al país de los muertos». Tenía cada gesto exactamente estudiado y se le veía pulcro, sobrado, dominador del medio, pero era de esos intelectuales excesivamente cultos que no logran afianzarse del todo en el sillón de mando si antes no se apoyan en una maldad contra un colega que les cae antipático. «Le he pedido un original a este fulano -fue lo primero queme dijo blandiendo en el aire un mazo de folios encuadernado- sólo por el placer de devolvérselo». Y luego se adornó con una cita que en este caso fue esta máxima de Goethe: «La Iglesia lo debilita todo». La pronunció en alemán y, después de traducirla bien o mal, añadió: «Algunos ya me consideran un hereje». Me dije: he aquí a un tipo fuera de lo común, vestido como un veraneante del Adriático sin ser del todo ridículo, con una inteligencia que se salva de la pedantería por el cinismo. ¿Será realmente tan culto como parece o será todo él un simulacro?
Yo tenía entonces una vaga idea del pasado de Jesús Aguirre, Lo cierto es que en esa época constituía ya un referente cultural del progresismo religioso de la sociedad madrileña, amamantador de teología alemana para ovejas selectas descarriadas, lo que le había merecido ser arbitro en el diálogo entre marxistas y cristianos con el diplomático julio Cerón, Aranguren y Alfonso Carlos Comín, en el que Aguirre hada de diablo, pero en ese momento aún debía sobre todo la fama a su lengua mordaz contra sus enemigos y a sus sermones en la iglesia de Santo Tomás de Aquino en la Universitaria, que habían dejado admirados a creyentes y agnósticos, gracias a que no se entendían nada, pero parecían muy osados.
