«¿Me puedes decir qué significa esto de Platón? -se preguntaban los enemigos del cura en el café-. ¿Tenía Platón un dálmata?». Pero las calumnias cesaron y José Luis Aranguren, llamado por algunos Amarguren, ya había dejado de ser un moralista cenizo y después de fumarse unos porros con los estudiantes en el campus de La Jolla se había traído del exilio la felicidad californiana que impartía Marcuse para convertirse en el intelectual de guardia en Taurus a pleno rendimiento, y en el palacete de la plaza del Marqués de Salamanca comenzaron a entrar y salir Fernando Savater, Juan Benet, Javier Pradera, Juan García Hortelano, Jaime Salinas y los catalanes Gil de Biedma, Carlos Barral y José María Castellet. Nunca se había visto hasta entonces una editorial con perro de lujo incorporado. El dálmata confería a la Escuela de Francfort una elegancia inusitada. Se paseaba por los despachos y según una maldad de Aguirre estaba especializado en comerse crudos los manuscritos de Baltasar Porcel. Después Baltasar Porcel se vengó de semejante afrenta escribiendo contra Jesús Aguirre un artículo brutal, sangrante, titulado «Un duque de zarzuela», cuando éste subió a los cielos de la Gasa de Alba.

La cultura se había sacudido por fin el yugo de Ortega: el-que-lo-había-dicho-todo-antes-que-Heidegger, según contaba maliciosamente Juan Benet. Martín Santos parodiaba en la tertulia de Gambrinus la famosa conferencia en la que el filósofo analizó una manzana en la mano desde cuatro puntos de vista; después de escribir un libro de éxito, Naturaleza, Historia, Dios, que incluso se entendía, Zubiri quedó encerrado en una caja fuerte del Banco Urquijo, pero su presidente Juan Liado lo sacaba una vez al año para que explicara a unas señoras de la burguesía perfumada en qué consistía la inteligencia sen-tiente; Aguirre servía a los suyos un martini seco con Adorno y Walter Benjamín como gotas de angostura, en la barra de Taurus, en la tertulia del Parsifal o en el pub de Santa Bárbara.



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