Un domingo de mayo de 1962 yo asistí a uno de ellos. El recuerdo más antiguo que tenía del personaje era aquella misa en latín, que Aguirre celebraba de espaldas a los fieles, a los que sólo daba la cara en el momento de volverse para emitir el dominus vobiscum abierto de brazos, cantándolo muy entonado. Prácticamente sólo le recordaba el cogote bien trasquilado y la coronilla tonsurada, pero el vuelo de manos y el desparpajo litúrgico con la hostia, el café y los corporales sobre el altar eran idénticos a los que ahora usaba sobre la mesa cargada de supuestos libros de la Escuela de Francfort. Sentado frente a él, después de algunos titubeos de principiante en el oficio, temiendo una respuesta cruel, le manifesté mi proyecto literario. «Quiero escribir un libro sobre Azaña», le dije. Ante mi sorpresa, Jesús Aguirre se mostró casi eufórico. «Éste es el momento preciso para que escribas ese libro. Podría ser una bomba. ¿Por qué quieres hacerlo?» Le dije: «Tengo una amiga republicana que cada 14 de abril entra en erupción. Es la única forma de calmarla». No le sorprendió una respuesta tan cursi e imaginaria. «No escribas nunca por amor», dijo, pero me animó a complacerla. Fue un proyecto frustrado, uno más. Los cuatro tomos de las obras completas de Azaña editadas por la editorial Oasis, que me había traído de un viaje por México, quedaron en un anaquel de mi biblioteca testigos de mi abulia. Estaba en esa época rodeado de aventuras, pasiones, sueños y proyectos nunca realizados. Esa parecía ser mi especialidad. Después de haber ganado un premio literario pasaba por un periodo de desánimo y Jesús Aguirre comenzó a formar parte de las personas que me habían dado una nueva oportunidad desaprovechada. El recuerdo de esta visita a su despacho no hacía sino acrecentar mi frustración y durante un tiempo hice todo lo posible por rehuir su presencia.



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