Este obispo, que ya había recibido alguna paliza por parte de los fascistas, impartía teología evangélica entre la gente subalterna, convencido de que la justicia social abrigaba más que la caridad. Xabier Arzalluz era un jesuíta que había hecho apostolado entre los españoles emigrados en Alemania; el cura Miguel Benzo comenzó a introducir una rebeldía espiritual entre universitarios de Acción Católica; el padre Llanos, que en los años cincuenta, al frente de unos falangistas beatos, arrojó huevos podridos contra los carteles de la película Gilda en un cine de la Gran Vía, se fue a predicar el Evangelio de los pobres a El Pozo del Tío Raimundo; el canónigo Espasa, en Valencia, abrió la facultad de Filosofía a la espiritualidad moderna y en las clases de religión hablaba de Sartre y de Camus; el padre Gamo soliviantaba a los fieles en Moratalaz; en los templos, el gregoriano había sido sustituido por las guitarras y se consagraba la eucaristía con pan de pueblo de cuatro cereales, y para la sangre de Cristo servía el vino peleón o un Vega Sicilia sise quería ver más bueno a Dios. Pero Jesús Aguirre era un clérigo fino que se hacía pasar por jesuíta aunque sólo era cura secular, que había estudiado Teología en Munich y a quien se supone que algún desaprensivo había jurado que en el mundo había obreros, cosa que él parecía ignorar, aunque había visto de cerca a los emigrantes españoles por las calles de la capital de Baviera, encaramados en los andamios y durmiendo en barracones con gesto indigente. Dios le había llamado para una misión mucho más elevada.

Primero Jesús Aguirre fue asesor de publicaciones religiosas. Después se hizo cargo de Cuadernos Taurus, pero al tomar por asalto el mando absoluto de la editorial, quedó desbancado su predecesor García Pavón, el autor manchego del detective Plinto, y el espíritu de Tomelloso pasó a la estética de la Escuela de Francfort. Los partidarios de García Pavón, al verlo en la calle, contraatacaron y en las mesas del café Gijón aparecieron octavillas malévolas en las que se decía que, más que de Adorno y Walter Benjamín, el cura Aguirre entendía de jóvenes griegos y en ese asunto era todo un Platón.



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