—Ni siquiera eres coherente; antes solías decir que todo el mundo debería ir armado.

—Emma, soy un polemista profesional. Es mi trabajo. De todos modos, he cambiado de opinión. Me di cuenta de que estaba del mismo bando que la gente que argumentaba que Estados Unidos e Israel eran oasis de paz y tranquilidad porque allí todo el mundo iba armado hasta las cejas.

Emma resopló.

—Bueno —dije, moviendo la mano con la que no sostenía la copa—, la estadística no es tan clara. En Suiza también tienen montones de armas y no muchos crímenes con armas de fuego.

Emma observó su bebida mientras la hacía girar en el vaso.

—En Estados Unidos no durarías ni un minuto —murmuró.

—¿Qué? —pregunté, desconcertado.

—Te pegarían un tiro.

—¿Qué? —me reí—. Nadie disparó a Howard Stern.

—Pensaba en maridos celosos, novios, ese tipo de gente.

—Ah. —Apuré el whisky—. Es un argumento completamente diferente. —Me levanté—. ¿Te traigo algo de beber?


En la larga y relumbrante galería que servía de cocina, Faye barría un vaso roto del suelo de pizarra. Los del servicio de comidas desempaquetaban más manjares de neveras portátiles. Me colé por entre un grupo de gente que conocía vagamente de mis amistades en el mundo de la publicidad, saludando aquí y allá, sonriendo y dando palmaditas y entrechocando las manos que me tendían.

Kul estaba recostado contra la nevera SMEG de color morado mientras un trajeado con cara enrojecida y un maletín delgado en la mano le daba golpecitos en el pecho.

—… nosotros esta tarde trabajamos, ¿sabes? —estaba diciendo el trajeado—. Tenemos reuniones.

Kul se encogió de hombros.

—Yo monto conciertos, tío. Trabajo los fines de semana. Hoy era el primer día que los dos teníamos libre.



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