—Bien, vale, esta vez pase —dijo el trajeado acalorado, balanceándose—. Pero que no vuelva a ocurrir. —Se rió en voz alta.

—Ja, ja —rió Kul.

—Sí, que no vuelva a ocurrir —repitió el trajeado, encaminándose a la puerta principal—. Nada, hombre, ha estado genial. Fantástico. Gracias. Gracias por invitarnos. Ha sido brillante. Espero que seáis muy felices.

—Gracias por venir. Cuídate —le contestó Kul.

—Sí, gracias. Gracias. —El trajeado chocó con alguien y derramó la bebida—. Perdón, perdón.

Dio media vuelta tambaleante para despedirse de Kul, que ya se había girado y se dirigía al espacio principal del loft. Me serví un poco más de Glen Generic antes de descubrir que alguien había traído una botella de añejo Laphroaig, así que abandoné el primer vaso y me serví otro del segundo y fui a la nevera a por agua.

—Hola, Ken.

Cerré la puerta de la nevera y vi a Craig, mi mejor amigo oficial (escocés). De habitual, sonrisa tímida y aspecto descuidado, con ropas gastadas; gafitas redondas bajo el cráneo afeitado. Cuando Craig todavía tenía pelo, era negro como el mío; tal vez un poco más rizado. Siempre habíamos tenido una complexión similar, media tirando a delgada, y desde el tercer año de instituto yo era unos cinco centímetros más alto. Solían tomarnos por hermanos, algo que los dos considerábamos que halagaba al otro de forma inmerecida. Teníamos los ojos diferentes; los suyos eran castaños y los míos azules. Junto a Craig estaba su hija Nikki, manteniendo el equilibrio sobre un par de muletas. Me llevó unos segundos hacerme una composición de lugar.

No había visto a Nikki desde hacía más de un año, cuando todavía iba al colegio y era desgarbada, torpe y se ponía colorada. Ahora era igual de alta que su padre y tan guapa como su madre. Tenía una larga melena caoba y brillante que ocultaba solo a medias un rostro pálido y delgado que traslucía salud y juventud.



12 из 381