
—¡Craig! ¡Nikki! —dije—. Chica, estás estupenda. —Miré la pierna recién enyesada que colgaba en ángulo de sus vaqueros de pata ancha—. Pero te has roto la pierna.
—Fútbol —dijo ella, encogiéndose de hombros como pudo.
Craig y yo nos abrazamos y nos dimos palmadas en la espalda al más puro estilo caledonio para dar la bienvenida a los colegas. Abracé a Nikki de manera más vacilante. Ella más o menos se inclinó hacia mis brazos y topó de frente con mi mejilla. Olía a aire libre, a algún lugar fresco y perfecto muy lejos de Londres.
—Me han dicho que estás a punto de entrar en Oxford, ¿eh? —dije, sacudiendo la cabeza mientras la miraba. Ella asintió.
—Ajá —dijo, y después contestó a su padre—: Sí, solo un agua o algo así.
—Chino, ¿no? —pregunté.
—Sí. —Asintió.
—Genial. Bien por ti. Podrás enseñarme a decir tacos en mandarín.
De pronto dejó escapar unas risillas, convertida de nuevo en niña por un instante.
—Solo si prometes decirlos por la radio, tío Ken.
Inspiré por entre los dientes.
—Hazme un favor, no me llames tío Ken, ¿vale? Haz feliz a un pobre viejo mientras estemos juntos y finge que podrías ser un trofeo que he recogido de la calle.
—¡Ken! —Me pateó con la muleta.
—Eh —dije, frotándome la espinilla—. Tengo que estar a la altura de mi reputación. O a la bajura, no sé.
—¡Eres de lo que no hay!
—Vamos —le dije, ofreciéndole el brazo—. Vamos a conseguirte un asiento. Craig, estamos por ahí —le dije a su padre. Craig saludó. Nikki me indicó con la cabeza que pasara delante— Cojea por aquí —le dije, y abrí camino entre el montón de gente hacia el espacio principal con Nikki pegada tras de mí. Volví a mirarla cuando salimos de la muchedumbre de la cocina y suspiré—. Ah, querida Nikki.
—¿Qué?
—Chica, vas a romper tantos corazones en Oxford…
