—Órganos mejor que huesos. Buena idea.

—Hum… ¿Jugando al fútbol?

—Ahora las chicas también jugamos, ¿sabes?

—¡Vaya que si jugáis! ¿No os enredáis con las faldas? ¡Guau! ¿Podrías dejar de hacer eso?

—Bueno…

—¿En qué posición juegas?

—Delantero; me pusieron la zancadilla en la zona de penaltis. Iba a por el tercer gol.

—Una pena.

—Nikki, Nikki, aquí. ¡Nikki!

Acababa de aparecer Emma. Abrazó a su hija con fuerza, con los ojos cerrados. Me quedé un rato, pero en cuanto se instalaron las dos no quedó sitio en el sofá para mí y Emma parecía excluirme a propósito. Me despedí de Nikki y fui a dar una vuelta. Había llegado la hora de meterse una o dos rayas más y combinarlas o sustituirlas por una sesión rápida en la PlayStation 2 de Kul (si este último fragmento me deja como a un niño cuyos padres no quisieron o no pudieron comprarle una videoconsola propia, me declaro medio culpable del cargo de infantilismo; tenía una PS2 propia pero me sacó de quicio una noche de borrachera el verano anterior y la tiré por la borda. Vivo en una casa flotante, así que puedo hacer ese tipo de cosas).

Una o dos bebidas, un par de rayas y varias conversaciones después, volvía a estar de pie en la terraza, admirando la vista y respirando el aire fresco del otoño. Con Jo lejos de allí, me dominaba una sensación de libertad e incluso de oportunidades y promesas que se abrían ante mí, la tarde y la noche se anunciaban tentadoras. Llevaba encima un par de Evo 8, pensé en tomarme una. Buen rollo durante el resto del día. Aunque también me desincronizaría con respecto a Jo, suponiendo que volviéramos a vernos antes de acabar el día. Con Addicta de por medio, no era probable, pero nunca se sabe.

Un brazo me rodeó la cintura. Un cuerpo se pegó al mío, un beso en la mejilla y una voz ronroneando:

—Hoo-laa.

—Amy. Vaya, hola.

Amy era una amiga.



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