
—Tienes buen aspecto, Ken.
Amy se recostó en el parapeto, estirando los brazos sobre el muro. Llevaba un collar de perlas, una blusa azul, una falda por debajo de las rodillas y una americana larga; zapatos de salón.
—Tú estás deliciosa, como siempre —le dije con una sonrisa.
Amy y yo almorzábamos juntos de vez en cuando. Llevábamos más o menos un año tonteando y bromeando con tener una tórrida aventura pero los dos sabíamos que no iba a pasar nada. Bueno, no era probable. Era con ella con quien había estado hablando por teléfono cuando nos interrumpieron.
Sonrió despacio y miró alrededor.
—¿Está Jo?
—Estaba. Ha tenido que irse. Por trabajo.
—¿Otra vez el grupo ese tan adictivo?
—Los mismos.
Tomó un sorbo del vaso de vino blanco que tenía en la mano con delicadeza.
—¿Qué tal ha ido la boda?
Una ligera ráfaga de viento le empujó el pelo delante de la cara. Lo apartó de un soplo.
—No lo sé —contesté—. No he podido ir; tenía trabajo.
—Ya. ¿Tienes drogas, Ken?
—Algo de coca y un par de éxtasis.
—¿Me invitarías a una rayita? No sé por qué. Me apetece. —Arrugó la nariz—. ¿Nunca te pasa?
—Todos los días, con el caballo.
Había un par de niños en la fiesta y al menos dos periodistas en los que no confiaba, de modo que fuimos a una habitación que daba al único pasillo del loft. Antes había sido el despacho de Faye, pero ahora estaba lleno de cajas de embalar, listas para la mudanza.
