
De vuelta en la terraza, un poco después, mientras charlábamos animadamente, Amy cogió la manzana a medio comer que seguía sobre el parapeto y empezó a darle vueltas en la mano.
—No le pasa nada —dije—. Es nuestra.
Me la lanzó. Tenía una pinta muy poco apetitosa, marrón alrededor del único mordisco que le había dado. Me asomé por encima del muro y la sostuve por encima del aparcamiento. Amy se asomó a mi lado. Solté la manzana. Cayó muy lentamente, casi como si desapareciera.
Chocó en el asfalto y estalló de manera harto satisfactoria en montones de cachitos blancos que se esparcieron por la superficie negra.
—¡Estupendo! —Amy aplaudió.
Nos miramos, con las barbillas asomando por el borde del parapeto de ladrillos. De pronto me sentí de nuevo como un colegial.
—Oye.
—¿Qué?
—Tiremos más cosas.
—Justo lo que estaba pensando.
—Lo sé.
Y así fue como acabamos lanzando prácticamente la mitad del contenido del piso de Faye y Kul parapeto abajo. Empezamos con más fruta.
—De todos modos tienen demasiada comida —dijo Amy mientras cargábamos con naranjas, plátanos, un melón y más manzanas.
Miramos el asfalto situado treinta metros más abajo.
—Qué decepción.
—Un poco sí, ¿verdad? —dije, mirando abajo, hacia el mejunje fangoso producido por un par de naranjas— Creo que los cítricos no son el camino. No se fragmentan de manera satisfactoria.
—Ni los plátanos.
—Estamos de acuerdo. Volvamos a las manzanas.
—Falta el melón. Podría estar bien.
—Sí. He depositado grandes esperanzas en el melón.
—Lancemos dos manzanas a la vez; una cada uno.
—Buena idea. A la de tres. Una, dos, tres… Ah, sí. Muy bien.
