
—Buena sincronización. Probemos con cuatro. Dos cada uno.
—Solo tenemos tres manzanas.
—Voy a por otra. No tires el melón mientras no estoy.
—Ni se me pasaría por la cabeza.
—Eh, vosotros dos, ¿qué andáis tramando?
—Ed, hola. Espero que no te importe. Estamos tirando fruta al aparcamiento. Tranquilo, la tiramos lejos de tu coche.
—La leche, colega, espero que sea verdad. Solo hace una semana que lo tengo. Me costó siete de los grandes.
Ed era mi mejor amigo oficial (inglés). De constitución ligera, con una cara que siempre me había recordado a un Mark E. Smith negro; duro y tierno a la vez, el rostro de un matón de los pesos gallo flexible. DJ de discoteca; el tipo en alza con dos sesiones por noche que coge un helicóptero para ir de una a la otra. El Porsche probablemente equivaliera al sueldo de una semana.
—Bonito coche —le dije—. Pero… ¿amarillo?
—Es un color tradicional para los Porsche, coño, por eso.
—¿Tradicional? ¿Tradicional el amarillo? Azul, verde, esos sí son tradicionales. Incluso el rojo, pero no el amarillo. El amarillo es tradicional para los juguetes JCB y Tonka. Incluso el verde lima, si me apuras; para los Kawasaki. Pero el amarillo, no.
—Gilipolleces —se rió Ed—. ¿Qué te has metido?
—Hola, Ed —saludó Amy, de vuelta con otra manzana— Ten.
—Gracias. Fibra —le dije a Ed, ofreciéndole la manzana—. Me he metido montones de fibra.
—¿Listo?
—Listo… ¡Eh! —exclamé indignado—. A esta manzana le falta un mordisco.
Amy asintió.
—Sí. Alguien se la estaba comiendo.
La miré.
—¿Cómo estás? —pregunté con acento dublinés.
Ella se limitó a encogerse de hombros y se preparó para tirar sus dos manzanas, sosteniéndolas en alto.
—¿Listo?
—Listo —contesté.
—¿Para qué hacéis esto? —preguntó Ed al tiempo que dejábamos caer las manzanas—. ¿Eh, Ken? —insistió mientras Amy y yo estábamos concentrados en ver caer la fruta hacia su destino—. ¿Qué…? —Las manzanas se espachurraron—. ¡Guau, sí!
