
—¿Lo ves?
—Por eso —dije.
—Es una pasada, tío.
—¿El melón? —preguntó Amy.
—El melón, seguro —convine, calculando el peso de la fruta.
—¡Déjame a mí! —dijo Ed—. ¡Yo quiero tirar el melón! —Amy y yo nos miramos—. ¡Venga! Yo no he tirado nada.
—Tienes que pasar la prueba —dijo Amy con severidad—. Tienes que traernos algo que valga la pena tirar, si no, no entras en la fiesta.
Asentí.
—Todavía no has sido iniciado.
—¡Enseguida traigo algo! —Ed se dirigió al apartamento, pero se detuvo—. Un momento; primero tiremos el melón.
Lo sostuve por encima del borde con ambas manos y luego lo solté.
Amy chilló y chocamos las palmas.
—¡Superior!
—¡La puta, tío!
—Muy divertido.
—Necesitamos más fruta.
—Voy a por algo, yo voy.
—Buena suerte.
—Sí, algo que escasee en el frente frutal.
—Mejor otra cosa.
—¿Qué?
—No sé; basura, porquería.
—¿Tú has visto bien este sitio? El salón es como un quirófano; no tienen porquerías.
—Están de mudanza, tío. Deben de tener cosas para tirar.
—Bien pensado. A ver qué puedes encontrar.
—Vamos todos a ver.
—Mejor aún.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Kul.
—¡El hombre perfecto! —dije. Kul brillaba un poco; tenía los ojos algo vidriosos. Nunca le costaba demasiado emborracharse—. Kul, seguro que tenéis montones de cosas que vais a tirar, ¿verdad?
—Hura… bueno…
La mayoría de los asistentes a la fiesta esperaban turno para lanzar cosas por el parapeto. Para ser una pareja de delicado minimalismo, Kul y
