
—¡Mi coche! —bramó Ed al tiempo que media docena de botellas de vino cuidadosamente arrojadas se desplomaban hacia la destrucción. Lanzamos una gran ovación más o menos simultánea cuando se hicieron añicos.
—No está cayendo nada cerca del puto coche, Ed —le dije.
—No puedes estar seguro, joder, tío. ¿Y los neumáticos? Los putos neumáticos son nuevos de trinca. Fijo que cuestan una fortuna.
—¿Bolitas de poliestireno? —se rió Amy cuando uno de los compinches de trabajo de Kul apareció entre el gentío aferrado a dos bolsas de cuentas de poliestireno por encima de la cabeza como a gigantescos escrotos marrones.
—¿Tenéis…? ¿Tenéis bolsas de poliestireno? —le pregunté a Kul.
Se encogió de hombros.
—Promete que no lo contarás.
—¿Qué sentido tiene? —gritó alguien—. No van a estallar.
—No —quiso decir el promotor, que, al igual que Ed, era de Sarf Landin y por tanto pronunció otra cosa—. Pero se me ha ocurrido que, bueno, que si les tiras algo pesado encima…
—¡Genial! —chillé, profundamente impresionado por la brillantez de la idea.
—¿Kul? —dijo Faye entre risas pero algo insegura—. Creía que esa silla te gustaba.
