
—Ya, sí, bueno, no tanto —contestó él—. Échame una mano…
Subimos al parapeto la butaca de madera y metal, un buen puñado de gente la colocamos de manera que pareciera que fuera a desplomarse sobre una o dos bolsas de cuentas y después la soltamos.
La ovación por la butaca fue muy, muy grande; la butaca chocó justo con una de las bolsas de cuentas provocando una explosión masiva de bolas blancas de poliestireno que se dispersaron por el aparcamiento, a estas alturas fabulosamente cubierto de residuos, como una nívea pluma gigante que apuntara hacia la alambrada.
—Eh, si tiramos la pecera, ¿el pez experimentará la ingravidez? O sea, ¿una doble ingravidez? Es broma.
—Faye, ¿quieres esta mesa vieja?
—¡He encontrado más botellas!
Faye miró a Kul con los ojos como platos. Chasqueó los dedos.
—¡La caja esa de cava asqueroso que mi tío compró tan barato en el supermercado! ¿Te acuerdas?
Kul le cogió la cara con las manos y la besó.
—Sabía que acabaría siendo de utilidad. Está claro que es imbebible.
Se dirigió al interior del piso. Un torrente inestable de botellas de diversos tamaños cayó silbando hacia el asfalto, provocando cada una de ellas pequeños vítores. La gente cantaba puntuaciones al mérito técnico y artístico de cada lanzamiento.
—Apuesto a que esto lo has empezado tú, Ken.
Di media vuelta y me encontré con Nikki apoyada en las muletas y con mirada malhumorada.
Levanté las manos.
—Culpable —admití, sorprendido por su expresión—. ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
—Tirar comida que está en perfecto estado está mal, Ken —dijo, negando con la cabeza como ante un niño al que hay que explicarle que no se pinta en las paredes con ceras de colores.
—Solo eran unas frutas. Probablemente no…
—Venga, ya, Ken. —Sacudió la cabeza y se fue hecha una furia.
