—¿Quién era? —Jo vino a buscarme al parapeto.

—Ni idea —mentí—. No he reconocido el número.

Me puso un vaso bajo en la mano. El whisky tenía hielo y una manzana tapaba el vaso como un trasero gordo de color verde rojizo sobre un retrete de cristal. La miré por encima de las gafas de sol.

Sacó un palito de apio de su bloody mary y brindamos entrechocando los vasos.

—Deberías comer algo.

—No tengo hambre.

—Ya. Por eso.

Jo era menuda, con el pelo negro y espeso —corto— y la tez muy pálida agujereada por diversos piercings. Tenía una boca grande de estrella de rock, que resultaba bastante adecuada puesto que trabajaba de relaciones públicas para la discográfica Ice House. Ese día recordaba vagamente a una Madonna de la época oscura, con medias negras, una minifalda de cuadros escoceses y una chaqueta de cuero vieja sobre una camiseta artísticamente rota. La gente, no solo los estadounidenses, solía llamarla mona y luchadora, aunque normalmente no más de una vez. Tenía genio, razón por la que mentí automáticamente sobre la llamada telefónica a pesar de que no había ningún motivo para hacerlo. Bueno, casi ninguno.

Levanté la manzana del vaso y le di un mordisco. Su aspecto era brillante y estupendo, pero no sabía a gran cosa. Jo probablemente tenía razón al decir que debía comer algo. Habíamos desayunado un zumo de naranja y un par de rayas de coca cada uno. Rara vez tomaba coca, pero tenía la teoría de que el peor momento para encocarte es a altas horas de la noche, cuando lo único que consigues es mantener el cuerpo en marcha más allá de la hora que quiere y por lo tanto tienes muchas posibilidades de desperdiciar el día siguiente; así que esnifaba de día e iba pasándome al alcohol a medida que anochecía y de este modo mantenía algo remotamente parecido al ritmo corporal normal.

Así que apenas habíamos probado el almuerzo de bodas y era probable que debiéramos forzarnos a comer un poco, simplemente para mantener el equilibrio.



2 из 381