Por otra parte, la manzana no resultaba apetecible. La dejé en el parapeto de ladrillos, que me llegaba a la altura del pecho. La manzana se bamboleó y rodó hasta el borde. La cogí y la coloqué bien para que no cayera al asfalto del aparcamiento abandonado que había abajo, a una distancia de unos treinta metros. Un aparcamiento que, de hecho, no estaba abandonado del todo: mi amigo Ed había aparcado su reluciente Porsche nuevo de color amarillo en un extremo, cerca de la puerta. Casi todos los demás habían aparcado en la calle anormalmente tranquila y vacía del otro lado de la vieja fábrica.

Kulwinder y Faye vivían en esta parte todavía por descubrir del East End londinense, al norte de Canary Wharf, desde hacía un par de años, conscientes de que demolerían aquel lugar en cualquier momento. El edificio de ladrillo rojo tenía más de cien años. Originalmente allí se trabajaba el plomo; sobre todo se fabricaban soldaditos y perdigones (cosa que, por lo visto, requería una torre de gran altura desde la que se escupían gotas de plomo fundido a una gran piscina). De ahí la altura del lugar: ocho plantas de techo alto, ocupadas en su mayoría por artistas desde hacía una docena de años.

Kulwinder y Faye habían alquilado la mitad de la última planta y la habían transformado en un inmenso loft al estilo neoyorquino: desnudo, amplio y lleno de ecos. Era blanco como una galería de arte y en realidad no contaba con habitaciones reconocibles de inmediato; en su lugar había lo que la gente del teatro habría llamado «espacios». Principalmente un gran espacio, minimalista, pero de un minimalismo carísimo y muy estudiado.

Sin embargo, al final algún proyectista había obtenido permiso para edificar, y en una o dos semanas tirarían abajo todo el lugar. Kul y Faye ya se habían comprado una casa en Shoreditch. La compra parecía haber intensificado la necesidad de reafirmar su compromiso y decidieron casarse esa mañana; Jo y yo éramos dos de la cincuentena de invitados a la ceremonia (no pude acudir, tenía trabajo) y al posterior banquete en el loft. Aunque, tal como decía, no comimos gran cosa.



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