Kul regresó con una caja de cartón repleta de botellas de cava y empezó a repartirlas entre las numerosas manos que las pedían.

—Solo para tirar —advertía en serio a la gente—. Os lo ruego; haced lo que queráis, pero no os las bebáis.

Sopesé sin demasiada convicción tratar de alcanzar el radio de reparto de botellas de Kul, pero la presión de la gente resultaba excesiva.

Me volví hacia Amy con las manos en alto.

—Da igual —dijo ella.

Nos apoyamos en el parapeto que daba al este. Me ofreció la mano.

—Buen juego, Ken. —Parecía acalorada, excitada.

—No lo sé —contesté, entrechocando su mano—. Antes me gustaba más.

—¿De veras?

Más ovaciones cuando las botellas de cava llenas estallaron con estruendo y ruidos varios a un volumen satisfactorio.

—Sí —dije—. Llámame purista, pero tengo la impresión de que cuando dejamos la fruta se le acabó la gracia, perdimos la categoría de aficionados.

—No puedes vivir en el pasado, Ken.

—Supongo que no.

—Debemos enorgullecemos de haber estado cuando todo empezó.

—Tienes razón. ¿Fue idea mía o tuya?

—Quizá de los dos.

—Desde luego.

—Por supuesto.

—Mentes brillantes.

—Tuvimos la idea; aprovechamos el momento.

—Nada de patentes; lo importante es el resultado.

—El destino.

—Como en Destiny’s Child.

—Synchronicity.

—The Pólice —dije, justo cuando llamaron al móvil (yo también lo tenía en vibrador). Cuando lo sacaba de la chaqueta, sonó el de Amy; una coincidencia clásica que no sabía identificar.

—Ja, ja. Esto sí es synchronicity —dijo.

Me reí y miré la pantalla del teléfono; mi productor, que llamaba desde el despacho. Oí uno o dos teléfonos más por los alrededores y me pareció escuchar también el fijo del piso y me pregunté si por alguna extraña razón todos los presentes habían programado las alarmas para poco después de las dos un martes de septiembre por alguna urgencia.



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