Fruncí el ceño y hundí los dedos en el vaso para sacar el hielo. Dejé los relucientes cubitos en el muro de ladrillo.

Jo se encogió de hombros.

—Me lo han dado así, cari —dijo.

Bebí un sorbo de whisky helado y miré en dirección al río, inapreciable desde allí. La terraza estaba dispuesta de sur a este, con vistas ensombrecidas por las nubes dispersas que se cernían sobre las torres de Canary Wharf y la interminable llanura de Essex. Un viento frío me entumeció los dedos mojados.

No me gustaba quejo me llamara «cari». Aunque sonora afectuoso. A veces también decía «boile» cuando quería decir baile. Se había criado en una zona pija de Manchester, pero hablaba como si procediera de algún lugar situado entre Manhattan y Mayfair.

Miré cómo los cubitos de hielo se deshacían formando charcos sobre los ladrillos y me pregunté si no habría también pequeños detalles míos que empezaban a molestarla.

Lancé los rombos de hielo por la borda, hacia el asfalto resquebrajado del aparcamiento.

—Ken, Jo. ¿Qué tal? —Kulwinder se acercó a nosotros.

—Muy bien, Kul —le dije.

Kulwinder llevaba un elegante traje negro con una camisa blanca de cuello Nehru. Su piel lucía tan rica y lustrosa como la miel oscura; tenía los ojos grandes y húmedos, normalmente los protegía tras unas Oakley de montura plateada. Kulwinder era promotor de conciertos y una de esas personas que dan rabia porque tienen estilo sin proponérselo, en especial cuando retomaba alguna moda antigua que la gente tenía medio olvidada pero que, recuperada por alguien como Kulwinder, de pronto nos gustaba mucho a todos.

—¿Todavía soportas la vida de casado?

Sonrió.

—De momento va bien.



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