
—Bonito traje —dijo Jo, palpándole la manga.
—Sí —convino Kul, estirando un brazo para inspeccionarlo—. Es el regalo de bodas de Faye.
Faye era periodista y locutora en la misma emisora de radio que yo; ella y Kul se conocieron en una de nuestras tardes de pub después del trabajo. Creo que estoy grabado describiendo a Faye por la radio como «linda».
—¿Cuándo salís para Nueva York? —pregunté.
Iban de luna de miel a Estados Unidos: a Nueva York y Yosemite. Solo seis días debido al trabajo de Kul y a la mudanza a Shoreditch de la semana siguiente.
—Mañana.
—¿Dónde os hospedáis?
—En el Plaza —contestó Kul. Se encogió de hombros—. Faye siempre quiere quedarse en el Plaza. —Echó un trago a la botella de Hobec que tenía en la mano.
—¿Vais en Concorde? —preguntó Jo. A Kul le gustaba viajar a lo grande; conducía un Citroën DS restaurado.
Negó con la cabeza.
—No. Todavía no han reanudado los vuelos.
Jo me miró con aire acusador.
—Ken no me quiere llevar a Estados Unidos —le dijo a Kul.
Él me miró con las cejas arqueadas.
Me encogí de hombros.
—Estaba pensando que sería mejor esperarse a que restauren la democracia.
Kulwinder resopló.
—No te gusta nada Bush, ¿eh?
—No, no me gusta, pero ésa no es la cuestión. Tengo la anticuada creencia de que si pierdes la carrera no deberías llevarte el trofeo. Que te lo entreguen gracias a un pucherazo electoral, a que la policía del estado de tu hermano impida a los negros ir a votar, a que una panda de fachas asalte una oficina de escrutinio y a que el Tribunal Supremo esté plagado de republicanos se llama… Vaya, ¿cuál era el término exacto? Ah, sí: golpe de Estado.
Kul sacudió la cabeza y me miró con sus grandes ojos oscuros.
—Uf, Ken —dijo con tristeza—. ¿Nunca te bajas de ese caballo tan alto en el que te paseas?
