No quería que Jo se enterara, ni tampoco el novio de azul de Judith. De hecho, no lo había hablado con ninguno de mis amigos. Tampoco era algo que se hubiera repetido en el último medio año, de modo que tal vez se hubiese terminado por fin. Probablemente para bien.

—Tú y Jo debéis de salir desde que conocí a Faye —dijo Kul.

Jo estaba en el extremo opuesto de la terraza, apoyada en el parapeto que daba al sur, todavía al teléfono y sacudiendo la cabeza.

—¿Tanto tiempo?

—Sí; hará unos dieciocho meses. —Bebió de nuevo, mirando a Jo por encima de mí—. Supongo que estáis a punto de romper o de iros a vivir juntos —dijo en voz baja.

Demostré la sorpresa que sentía.

—¿Por qué?

—Ken, tus relaciones rara vez superan el año y medio. Tu media debe de andar en torno al año.

—Hostia, Kul, ¿es que tomas notas?

Negó con la cabeza.

—No, simplemente recuerdo cosas y veo que hay patrones que se repiten.

—Bueno —empecé a decir, y quizá hubiera admitido a medias que Jo y yo no estábamos yendo a ninguna parte, salvo que Jo colgó el teléfono y se nos acercó a grandes zancadas—. ¿Problemas?

—Sí —dijo Jo, casi escupiendo—. Otra vez esos capullos de Addicta. —Addicta eran el último grupo de moda de Ice House. Eran actualidad; estaban en su momento. A mí más o menos me gustaba su música (grunge melódico inglés con oasis de sorprendente nostalgia), pero había llegado a odiarlos de una manera indirecta nacida de la solidaridad porque, de acuerdo con Jo, una fuente fiable, resultaba imposible tratar con ellos de puro idiotas que eran—. Ese capullo inútil necesita que les lleve de la puta manita mientras un estupendo fotógrafo de mierda los pasea en un puto Bentley o algo así. Tenían que haberlo hecho ayer pero el imbécil de los cojones se olvidó de decírmelo. —Dio una patada al parapeto con una de sus Doc Marten—. Mierda.



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