—Estás cabreada —dije—. Es evidente.

—Que te jodan, Ken —musitó, dirigiéndose al interior del piso.

La observé marcharse. ¿Seguirla e intentar suavizar las cosas o dejarla marchar para no empeorarlas? Dudé.

Jo se detuvo un instante a hablar con Faye, que avanzaba acompañada de varias personas en sentido contrario, luego se marchó. Al cabo de nada Faye me sonreía y me presentaba a esa gente y la posibilidad de seguir a Jo e intentar suavizar la situación se esfumó.


—Pensaba que estabas evitándome, Ken.

—Emma. Claro —dije, sentándome a su lado en uno de los dos sofás de cromo y ante negro del espacio principal. Brindamos—. Tienes un aspecto magnífico.

Emma llevaba sencillamente vaqueros, una suave camisa de seda y una diadema en el pelo, pero estaba estupenda. Para entonces ya me había bebido algunas copas más, pero no era el alcohol el que juzgaba y hablaba por mí. Ella se limitó a arquear las cejas.

Estaba casada con mi mejor amigo de la escuela de Glasgow, Craig Verrin; Craig y yo formamos nuestra pequeña banda de dos durante quinto y sexto, antes de que se marchara al University College de Londres y al año sentara la cabeza con Emma y tuvieran una niñita. Entretanto, yo —ferozmente ajusticiado por profesores y examinadores bajo el falso argumento de no haber hecho todo el trabajo necesario para aprobarme fui para preparar té y pillar drogas para los DJs más vagos y disolutos de la StrathClyde Sound.

Emma era lista y divertida y atractiva de un modo delicado típico de las rubias y siempre había estado loco por ella, pero nuestra relación se había agriado un poco porque ambos compartíamos la culpa secreta de que, solo una vez, nos habíamos acostado. Ella y Craig estaban pasando por un bache cuando ocurrió, después de que Craig se descarriara y volviera a encontrar el buen camino, y ahora habían roto de nuevo —llevaban separados un par de años—, de modo que la cosa no parecía tan mala como podría haber sido… pero aun así… La chica de mi mejor amigo; ¿en qué coño había estado pensando?



8 из 381