– No -dijo con firmeza mientras señalaba la caja-. Poned las herramientas en la caja. Ahora.

Con una mueca, Tucker tiró un destornillador a la caja. Cate apretó los dientes con fuerza; su hijo sabía que no tenía que tirar sus cosas, y mucho menos las de los demás. Apresuradamente se acercó hasta la caja de herramientas, le cogió el brazo y le dio un cachete en el culo.

– Jovencito, sabes que no puedes tirar así las herramientas del señor Harris. Primero, vas a pedirle perdón y luego, subirás a tu habitación y te sentarás en la silla de los castigos durante quince minutos -Tucker empezó a gritar y a llorar, pero Cate se limitó a alzar la voz mientras señalaba a Tanner-. Tú. La llave, a la caja.

El niño hizo una mueca, con aspecto de amotinado, pero acabó soltando un suspiro mientras dejaba la llave en la caja de herramientas.

– Vaaale -dijo, en un tono tan catastrofista que Cate tuvo que morderse el labio para no reírse. Había aprendido, de la forma más dura, que si les daba un dedo, ellos se tomaban todo el brazo.

– Tú también tienes que sentarte en la silla de castigo diez minutos, después de Tucker. También me has desobedecido. Ahora, recoged esas herramientas y dejadlas en la caja. Con cuidado.

Tanner se mordió el labio inferior con gesto triste mientras Tucker seguía llorando pero, para tranquilidad de Cate, hicieron lo que les había dicho. Miró a su alrededor y vio que el señor Harris había sacado la cabeza de debajo del fregadero y estaba abriendo la boca, seguro que para defender a los pequeños culpables. Ella levantó el dedo índice de la mano.

– Ni una palabra -le dijo, muy seria.

El señor Harris se sonrojó, murmuró: «No, señora» y volvió a esconder la cabeza en el armario. Cuando todas las herramientas estuvieron en la caja, aunque seguramente no en su sitio, Cate le dijo a Tucker:



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