
– ¿Qué tienes que decirle al señor Harris?
– Lo ziento -dijo, sorbiéndose la nariz a media frase.
El fontanero no asomó la cabeza.
– Tran… -empezó a decir, pero luego se interrumpió. Por un momento, parecía que se había quedado mudo, pero luego añadió-. Chicos, deberíais hacerle caso a vuestra madre.
Cate cortó una toallita de papel y la colocó frente a la nariz de Tucker.
– Suénate -le dijo, sujetando el papel mientras él obedecía y lo hacía con la excesiva energía que utilizaba para todo-. Ahora, subid a vuestra habitación. Tucker, a la silla de castigo. Tanner, juega en silencio mientras Tucker está castigado, pero no hables con él. Yo subiré después, cuando, tengáis que intercambiar los puestos.
Con la cabeza gacha, los dos niños se arrastraron escaleras arriba como si estuvieran a punto de enfrentarse a un destino terrible. Cate miró el reloj para calcular a qué hora tenía que levantarle el castigo a Tucker.
Sherry había entrado en la cocina y estaba observando a Cate con una mezcla de compasión y diversión.
– ¿De verdad se quedará sentado en la silla hasta que subas?
– Ahora ya sí. Las últimas veces que lo he castigado en la silla ha visto cómo, por no hacerme caso, le he ampliado el castigo varias veces, así que ahora ya lo ha entendido. Tanner ha sido incluso más terco -y, mientras recordaba lo mucho que le había costado conseguir que le hiciera caso, pensó que aquello era el mayor eufemismo de la historia. Tanner no hablaba demasiado pero era la terquedad personificada. Los dos eran muy activos, decididos y absolutamente brillantes a la hora de descubrir nuevas y diferentes formas de meterse en líos, o peor… en peligro. Antes de ser madre, la idea de darle un cachete en el culo a un niño le horrorizaba pero, antes de que sus hijos tuvieran dos años, ya había cambiado la mayor parte de sus opiniones sobre cómo criar a los hijos.
