Le habría gustado gritar pero tenía un nudo en la garganta. El terror la había paralizado. Poco a poco, aunque el miedo no desapareció, se transformó en una emoción más soportable al caer en la cuenta de que nadie la atacaba. El cuerpo masculino que se acurrucaba contra ella era un peso muerto.

Ya podía gritar pero estaba más inclinada a maldecir. Después de tanto tiempo en la carretera, Bree creía que había hecho de su olfato para los problemas un arte superior. Era evidente que la autocomplacencia no le servía para nada en aquel caso. Se debatió para ponerse de espaldas, lo que sólo sirvió para destaparla pero no tuvo ningún efecto en el Donjuán que dormía a su lado. La cabeza se apretó contra su cuerpo y una mano abarcó su pecho con toda familiaridad, como si ya supiera el tamaño y la forma de su seno de antemano.

Bree podría haberle dicho que no había trato. En realidad, él debía haber llegado a la misma conclusión, ya que se había quedado durmiendo.

No era divertido. La tormenta había cesado y la habitación estaba sumida en un silencio inquietante. La luz de la luna se filtraba por la ventana. Bree podía ver pero estaba demasiado atontada como para pensar con claridad. La situación, sin embargo, no tenía nada confusa. Ella disponía de dos opciones, o bien encontraba las palabras adecuadas, o se decidía por un bonito y sonoro sopapo.

Bree votaba por el sopapo pero había un problema técnico. Tumbada de espaldas, enredada en la bata y la manta, trabada por el brazo sobre su cuerpo, carecía de punto de apoyo. Hizo un esfuerzo por sentarse, la mano de Simón resbaló hasta lo más íntimo de su regazo. Le miró furiosa y se sobresaltó al ver que tenía los ojos abiertos.

Estaba despierto.

Sólo que no exactamente.

Bree se pasó una mano por los cabellos. El desconocido de la noche anterior era un pez gordo dictatorial, con unos ojos acerados y fríos, desprovistos de toda pasión. Aquel cuerpo musculoso era el mismo, sus rasgos duros no habían cambiado. Pero el hombre que yacía a su lado tenía unos ojos sensuales, luminosos de emoción, que la miraban directamente a la cara.



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