
Con toda la rapidez de que fue capaz volvió a convertir la cama en sofá, dobló la manta y se quitó la bata. El jersey rojo, los pantalones y la chaqueta vaquera se habían secado amoldándose al radiador y tenían la forma de un acordeón. Recogió su bolso y salió de puntillas rezando para que su anfitrión siguiera dormido en el piso de arriba. No deseaba abusar de su hospitalidad ni un segundo más pero necesitaba un baño, tenía la boca seca y su rostro necesitaba una buena dosis de agua fresca.
Como un ladrón se acercó sin hacer ruido a la cocina. La casa parecía distinta a la luz del día, menos espectral y más como un gran elefante blanco que suplicara cuidados. La luz despiadada revelaba las grietas en la pintura, el artesonado deteriorado y el polvo acumulado. Las telarañas adornaban los rincones y las lámparas. Bree se preguntó otra vez cómo había llegado Simón a parar allí.
A continuación, volvió a recordarse que los gatos perdían la mayoría de sus vidas por culpa de la curiosidad.
Casi había llegado a la cocina, por la que tenía que pasar para llegar al baño, cuando se quedó quieta. El sonido de algo al caer y romperse acompañado de unas voces la detuvo. Hasta aquel momento, no se le había ocurrido que pudiera haber otro ser humano en la casa. Una de las voces era áspera, sensual y pedante. No le costó trabajo reconocerla. La otra contrastaba con la voz de bajo en que era un tono de soprano pero compartía la cualidad de la aspereza.
– Después de desayunar, vamos a llamar a tu madre.
– Sí, papá.
– Te vas a disculpar por haberte comportado así con ella.
– Sí, papá.
– Le has dado un susto de muerte. Ya eres mayor para saber lo que haces, Jessica. No tienes excusa. Ella besa el suelo por donde pasas y creo que eso es la mitad del problema. Se dice que el divorcio es un infierno para los niños pero tú te has aprovechado. Has estado aprovechándote desde los tres años. Y en cuanto a la última huelga de hambre…
