
Las palabras desagradaron a Bree, que no pudo evitar asomarse. Había imaginado que Simón estaba riñendo a su hija y que su hija estaría pasando una adolescencia difícil.
Su hija tenía unos cuantos años. Una niña mofletuda estaba sentada sobre la mesa de la cocina. Sus piernas se balanceaban mientras escuchaba con seriedad el sermón de su padre. Tenía los mismos rasgos y ojos que Simón, sin embargo, los suyos estaban ampliados por unas gafas de montura azul. Los cabellos de los dos eran iguales, de un color rubio arenoso. La niña lo llevaba en bucles que le llegaban hasta los hombros. Se calzaba con unas zapatillas de tenis de color naranja y sin cordoneras. Unos pantalones vaqueros y una blusa mal abotonada completaban el atuendo. Y, o Bree se equivocaba o se había pintado los labios con un lápiz rosa brillante.
– Es el colmo. Vas a volver con tu madre, Jessica. No te puedes quedar conmigo.
– Claro que sí -repuso la niña con paciencia-. Estoy aquí, ¿verdad?
– Ya sé que estás aquí pero eso no quiere decir que puedas quedarte.
– Seguro que sí.
– Te repito que no.
– Seguro que sí.
– Jessica…
– ¿Quién es esa, papá?
Bree no había querido entrar pero primero la niña le había llamado la atención y luego el estado de la cocina. La noche anterior, le había parecido un paraíso para cualquier cocinero y había estado limpia y ordenada. Tazas, platos y cáscaras de huevo se apilaban en la encimera. Una mesa coagulada en el horno debía ser un intento de hacer bollos. Aparentemente, al fracasar el intento, Simón había intentado hacer panqueques. El fregadero estaba lleno de algo quemado y bulboso y había goterones de masa espesa por todo el suelo.
No era un pequeño lío, era todo un desastre, tan terrible que Bree tuvo tentaciones de echarse a reír. La tentación desapareció cuando Simón volvió la cabeza.
En aquel instante, Bree supo que su apasionado merodeador nocturno no tenía el menor recuerdo de su escapada. Igual que a un hombre lobo la luna menguante, la luz del día no dejaba ningún recuerdo de sus actividades nocturnas en Simón. Volvía a ser el pez gordo de Wall Street que había conocido, ceño intimidatorio incluido.
