
Simón se fijó en sus ropas arrugadas, en su pelo revuelto, en sus pies descalzos. Su mirada hablaba por sí sola. Pensaba que ya se habría marchado. Sin embargo, al estudiar su cara pensó en un fugitivo. El acoso brillaba en sus ojos rodeados de sombras. Estaba pálido de fatiga. Quizá no había comido. Bree se encontró preguntándose cuánto tiempo haría que no había dormido bien. Sólo el cielo sabía lo que había sucedido pero no era difícil adivinar que Simón no era un hombre que le diera la bienvenida a los problemas o a las complicaciones. Y en aquel momento parecía tener más que suficiente de ambas.
– ¿Quién es, papá?
– La señorita Reynaud se perdió anoche en la tormenta.
– Y me iré ahora mismo -se apresuró a añadir ella-. Siempre que no tenga inconveniente. Pero necesito usar su…
– Adelante.
– Me gusta cómo hablas -le dijo Jessica.
Bree no pudo resistir el impulso de guiñarle un ojo sin que Simón la viera.
– A mí también me gusta cómo hablas, «chere».
Sin embargo, no hubiera sido inteligente comenzar una conversación. Se apresuró a pasar al baño bajo la mirada ceñuda de unos ojos grises.
– Habla maravillosamente -le dijo Jessica a su padre.
– Es porque viene de otra parte del país, por eso habla de un modo diferente -le aleccionó su padre.
– ¿De dónde?
– De algún sitio del sur. No lo sé. No nos importa. Pero no vas a conseguir que me distraiga, jovencita. Tú y yo…
– Me muero de hambre, papá.
Silencio.
– ¿No hemos desayunado?
Más silencio.
– ¡Dios mío! -dijo él con un suspiro más profundo que el viento del norte-. De acuerdo. Todavía quedan dos cajas más de alimentos. De alguna manera nos las arreglamos para hacer algo comestible y luego llamaré a tu madre.
