– Sí, papá.

Bree no pretendía escucharlos, naturalmente. Pero no era responsable de que la puerta tuviera un montante que estaba parcialmente abierto. Cuando abrió el grifo dejó de oír sus voces. Se aseó y rebuscó en su bolso para maquillarse un poco. La rutina no le llevó más de cinco minutos. Sin embargo decidió esperar diez.

– ¿Ves éste? Contiene vitaminas naturales y fibra. Hace que crezcas sana y fuerte. Pero el otro está hecho a base de conservantes y asquerosos productos químicos como sodio y, en cualquier caso, no tiene ningún valor alimenticio. La decisión depende de ti, Jessica. No quiero influirte.

– Estupendo. Quiero Capitán Cracko.

Hubo un momento de silencio.

– ¿Me has escuchado?

– Sí, papá.

– No quieres Capitán Cracko.

– Has dicho que podría elegir. Lo has prometido.

– Yo no he prometido nada. Creí que tomarías la decisión correcta.

– He tomado la decisión correcta -repuso Jessica en el mismo tono pedante y razonable que su progenitor.

Bree sonrió. Sin embargo, cuando acabó de recoger sus cosas había perdido la sonrisa. Simón parecía pensar insensatamente que podía hablarle a una niña de cuatro años como si fuera un miembro del consejo de dirección. No decía mucho en favor de su conocimiento de los niños. En realidad, Bree no lograba imaginarse cómo podía haber llegado a tener una hija. Hacía falta algo más que desnudarse para el sexo, hacía falta emoción. Hasta ese momento ni siquiera le había visto relajarse lo suficiente como para sonreír.

Excepto la noche anterior sobre las tres de la madrugada. Simón había sido muy real, muy humano. Un hombre indefenso con ojos grises y tristes y una necesidad desesperada de encontrar a alguien a quien abrazar por las noches.

De pronto se dio cuenta de que ya no oía su conversación. Salió y vio que la niña había desaparecido aunque las huellas de su victoria permanecían sobre la mesa. Un tazón lleno de cereales Capitán Cracko se transformaba en engrudo a ojos vistas.



16 из 121