
Simón estaba sentado en una silla completamente derrotado. Tenía los ojos cerrados y las piernas extendidas. En cuanto se dio cuenta de su presencia, abrió los ojos y se sentó en una postura formal para bendecirla con una de sus miradas de censura.
– ¿Se marcha ya? -preguntó con evidente alivio.
– Me gustaría mucho pagarle el alojamiento -dijo ella.
– Olvídelo.
– Es cierto, me siento un poco incómoda.
Ni siquiera era remotamente cierto. Parecía que un diablillo le ponía esas palabras en la boca.
– La tormenta me asustó de veras. No se imagina lo agradecida que le estoy por haberme brindado un techo bajo el que guarecerme. Si no me acepta el dinero quizá podría hacer otra cosa por usted.
– No quiero dinero y no tiene por qué hacer nada. Señorita Reynaud…
– Bree, por favor. Y no me llevará más de diez minutos ordenar esta cocina.
– Aprecio la oferta pero no es necesaria, estoy seguro de que querrá continuar su viaje…
– ¡Por favor! Tutéeme. Me llamo Bree.
Era obvio que quería que se fuera. Y mucho. Pero no tanto como quería librarse de aquel desastre.
– No es tu problema, Bree -contestó él con un tono un poco menos duro.
– Claro que no, pero tampoco era tu problema que yo me hubiera perdido. Sinceramente, no tardaré más de media hora en hacer habitable este lugar, siempre que no haya ninguna objeción.
Bree estaba completamente segura de que tenía millones pero no dijo nada.
Bree se subió las mangas.
La muy descarada seguía allí a la hora de cenar, lo que tenía a Simón absolutamente confuso. No había escalado posiciones hasta conseguir unos ingresos de seis cifras siendo ingenuo con la gente. No obstante, Bree no estaba allí por amor ni por dinero. Podía haberse marchado a las once de la mañana pero se había quedado todo el día y se había ocupado de Jessica. En la comida había preparado un menú inverosímil y delicioso que llevaba el pintoresco nombre de arroz manchado. Ya eran las seis y Simón se disponía a probar otro bocado de otro guiso étnico que no le era familiar.
