No sólo era bueno. Se le hacía la boca agua con sólo olerlo. Bree era una cocinera consumada. La situación empezaba a resultarle molesta. Los cocineros de primera no caían del cielo ni tampoco los ángeles de la guarda que hicieran de canguro. Bree había salido de ninguna parte y se había pasado el día trabajando como una esclava. Simón no tenía ni remota idea de cuáles podían ser los motivos que la impulsaban a ese comportamiento con lo que se figuraba que debía haber una trampa en algún sitio.

Siempre había alguna trampa cuando se trataba de mujeres.

– Me encanta este guiso, Bree -dijo Jessica.

– Excelente -alabó él.

Unos ojos azules se clavaron en su rostro.

– ¡Ah, «cher»! Pareces muy sorprendido. Hubiera jurado que cuando lo has visto parecías un hombre al que van a envenenar.

Se dirigía a él con la misma familiaridad que si lo conociera de mucho tiempo. Esa familiaridad le irritaba como el chirrido de una tiza en la pizarra. La observó maravillado. Incluso se las arreglaba para comer provocativamente, lo cual era más sorprendente porque su figura era la de un niño de diez años. No llevaba sujetador bajo el jersey rojo. Era tan plana como una tortilla. Sus vaqueros no ocultaban casi nada excepto una inapreciable curva en sus caderas. A Simón nunca le habían atraído las piernas largas y huesudas.

Frunció el ceño mientras comía. No era el tipo de figura capaz de hacer que un hombre perdiera el sueño o los nervios. Sin embargo tenía una manera de andar y balancear su trasero que le hacía pensar que había algo de inmoral en sus movimientos.

Con todo, había algo peligroso en ella, una idea que Simón encontraba irrazonablemente e injusta. Bree le había perturbado desde el primer momento. No le gustaba la manera en que su cuerpo reaccionaba en su presencia pero lo más grave era que no lo entendía.



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