
No había nada en su cara para que un hombre se volviera tan receptivo. Su pelo era negro, largo, y su corte no podía ser más simple. Su piel parecía porcelana y su nariz era ligeramente respingona. La composición era sugerente, incluso atractiva, pero nunca enloquecedora. Su boca, pequeña y suave de labios rojos, hablaba de dificultades pero Simón no podía condenarla porque la naturaleza hubiera dotado a sus labios de un color saludable.
Decidió sombríamente que debían ser los ojos. Ninguna mujer buena tenía unos ojos así. Las cejas trazaban un arco irreverente, las pestañas gruesas y oscuras y su color era de un azul claro asombroso. Había una chispa en ellos, una réplica sexual.
– Empiezo a tener la mosca en la oreja -dijo ella-. Si tienes alguna pregunta que hacerme no entiendo por qué no las haces de una vez.
– No hay nada que preguntar -dijo él sabiendo que había un millón de preguntas en su cabeza.
– ¿No? Me parece que fruncías el ceño por algo.
Demonios. En fin, ella había empezado.
– Me preguntaba… -dijo con un gesto hacia la comida-. Bueno, cuando te ofreciste a preparar algo, nunca pensé que fuera esto. Es excelente. Tan bueno que podrías ganarte la vida como chef.
– ¿Eso te preguntabas? ¿Cómo me gano la vida? En realidad no me preocupo mucho. Mucha gente califica mi modo de vivir como puro y simple vagabundeo.
Bree sonrió y se sirvió otro plato. Simón pensó que podía rivalizar en apetito con un elefante.
Por un momento pensó que ella utilizaba su sonrisa y palabras como «vagabundeo» deliberadamente, como si supiera lo que debía hacer para abrir la puerta de su corazón. Pero era imposible.
– ¿No estás interesada en una carrera?
– ¡Oh, bueno! Estuve sentada varios años en una silla de secretaria tratando de trabar amistad con una terminal de ordenador y tratando de dominar a una impresora maligna, intentando que los acontecimientos excitantes de la oficina no me arrastraran.
