
– ¿Debo pensar que los negocios no te interesan?
– No puedo soportar ese mundo -admitió ella alegremente.
Quizá adivinaba que él estaba dedicado por entero a los negocios o quizá no. Simón sabía que era mejor permanecer callado pero no podía.
– ¿Qué edad tienes? ¿Veinticinco?
– Veintisiete.
– Pero debes haber encontrado algo que te hubiera gustado hacer.
– Durante una temporada jugué con la idea de la cocina, como ya has adivinado. Es algo que encaja bien en un estilo de vida nómada. Tanto si estás en una gran ciudad como en un pueblo, siempre hay alguien que necesita un cocinero. Ha sido muy divertido hacer cush-cush en el sur de Pensilvania, couche couche en Iowa, buñuelos de frutas en Michigan…
– ¿Qué es couche couche? -preguntó Jessica, que no se había perdido una sola palabra de la conversación.
– Algo buenísimo para desayunar -le dijo Bree y habría continuado explicándoselo si Simón no la hubiera interrumpido.
– ¿Y cuánto tiempo llevas divirtiéndote con tus viajes?
– Algo más de un año.
– Más de un año. ¿Sólo viajando de aquí para allá sin ninguna meta en particular?
– Pues sí.
– Sin trabajo fijo, sin una meta profesional.
– Repito que en absoluto.
– ¿En el coche, viviendo al día y sola?
Bree apoyó la barbilla en la palma de la mano.
– Creo que existe la posibilidad de que estemos remotamente emparentados. He oído esta misma conversación en boca de mis cinco mil parientes.
– No quería ofenderte -dijo él envarándose.
– No me has ofendido -se apresuró a tranquilizarle ella-. Tengo cuatro hermanos que me perforan el oído con la misma conversación cada vez que hablamos por teléfono. Su preocupación principal, por supuesto, es que cualquier hombre piense que soy una mujer fácil y lanzada porque viajo sola. No es que crea que esa idea te haya pasado por la cabeza, Simón.
