
Simón tenía un auténtico dolor de cabeza de todas las ideas que se le habían pasado por ella.
– Yo soy fácil y lanzada -les informó Jessica-. Nadie me gana a correr. Bree, si no eres lo bastante lanzada yo puedo ayudarte.
– Gracias, cariño -dijo Bree sin dejar de mirar a su padre-. Ya les he dicho en más de una ocasión que puedo cuidar de mí misma. Fue una lección que aprendí en el asiento trasero de un Buick cuando tenía dieciséis años. Hace un año tuve un sueño, quería ver el país, saber cómo vive la gente, aprender todo lo que pudiera antes de que me ataran y no volviera a presentarse esa oportunidad. ¿Nunca has tenido un sueño que quisieras hacer realidad?
Simón no dijo nada. No había nada que pudiera decir sin quedar como un estúpido pomposo y se imaginaba que ya lo había hecho lo suficiente. Sin embargo, no acababa de creerse aquel negocio del idealismo. Pasaba por las respuestas descaradas, por aquella retórica libre pero detrás de todo, en el fondo de sus ojos, se atisbaban los secretos y la vulnerabilidad de una mujer. Se descubrió preocupándose por lo que le podía haber sucedido en el asiento trasero de aquel coche y decidió que debía estar perdiendo la cabeza.
Tenía servidos sus propios problemas. El menú no incluía los de una desconocida de ojos azules y enigmáticos.
Se excusó y fue a llamar por teléfono mientras ella le servía helado a Jessica. Por décima vez en el día marcó el número de su ex mujer en Rapid City.
Liz no había querido escucharle cuando el día anterior le había dejado a Jessica en la puerta. Jess era una consumada experta en desaparecer y permanecer días enteros en silencio, pero su último truco eran las huelgas de hambre. Aquello había acabado con la resistencia maternal de Liz.
Cualquiera podía ver que Jess no había pasado hambre. Simón estaba seguro de que se las había compuesto para comer durante la representación. Pero cuando deseaba algo era muy capaz de hacerle pasar a su madre un verdadero calvario hasta conseguirlo. En aquella ocasión quería pensar una temporada con su padre.
