
Se filtraba la luz por los ventanales que había a ambos lados de la puerta pero nadie respondió a su llamada. Volvió a intentarlo y luego probó con el pomo. Estaba cerrado.
Volvió a llamar con más fuerza, aporreando la vieja madera. La lluvia le cegaba los ojos. Pensó que tendría el aspecto de una rata ahogada, cuestión que normalmente no le hubiera importado. Su figura no era para hacer aspavientos aunque había heredado el pelo negro, los ojos azules y la piel de magnolia de sus antepasados franceses. Una figura espectacular no resultaba conveniente para una mujer que viajara sola. Pero esa noche no hubiera querido tener un aspecto tan desamparado.
Al no conseguir respuesta se preparó para dar un golpe con todas sus fuerzas y estuvo a punto de caer de bruces cuando la puerta se abrió de improviso. Tenía preparado el discurso y las disculpas, segura de que el propietario sería un viejo excéntrico. Pero el hombre que la miraba ceñudo no tenía nada de viejo ni de marchito. En realidad, parecía recién llegado de Wall Street. Era casi media noche y todavía vestía de etiqueta en medio de una zona ganadera. Bree se quedó fascinada preguntándose si dormiría con el portafolios.
Bree había conocido mucha gente en sus viajes pero nunca un «gros chien», un personaje importante en el lenguaje del bayou. Y lo que era más importante, su supuesto benefactor parecía ser un pariente cercano de los leones de granito de la puerta.
Era atractivo, aunque no de una manera habitual. Parecía tener un ceño fruncido permanente. Era alto, delgado, el pelo rubio y la cara rectangular que resaltaba sus pómulos y una barbilla que denotaba dureza. Sus ojos eran maravillosamente grises, agudos e inteligentes, pero también duros. Y, al igual que los leones de granito, parecía dispuesto a devorar a cualquier corderillo que se le pusiera al alcance.
Bree siempre había sentido una curiosidad insaciable hacia la gente. Era evidente que él nunca había tenido ese problema. Su mirada fustigó a la chorreante Bree y su única respuesta consistió en un expresivo «demonios». Un segundo después, la puerta se cerraba a sus espaldas con el sonido mórbido de la losa de una tumba.
