
Cabía dentro de lo probable que no fuera bienvenida.
Consideró retirarse y afrontar la tormenta pero el vestíbulo sombrío estaba caliente y seco. Por muy antipático que fuera el león, parecía que le ofrecía refugio. Compuso su mejor sonrisa y extendió una mano hacia aquel hombre.
– Me llamo Bree Reynaud señor…
– Simón Courtland.
Ella asintió. Quizá no se había dado cuenta de su mano.
– Señor Courtland, lo siento muchísimo…
– No se moleste en contarme la historia -la atajó el con impaciencia-. Es obvio que se ha perdido en la tormenta. Cómo o por qué, carece de importancia. Quédese aquí. Volveré ahora mismo.
Se marchó mientras mascullaba frases como: «Lo que me faltaba», y «¿qué más podría salir mal?». Bree se quitó el cabello de los ojos para mirarle. Courtland volvió a los pocos minutos y depositó en sus brazos una manta, una toalla y una bata.
Bree no podía hacerse una idea de para qué le daba la bata hasta que cayó en la cuenta de que le ofrecía algo en lo que dormir. Era más de lo que ella esperaba y le habría mostrado su gratitud pero él no le dio oportunidad.
– Esta casa ha estado cerrada mucho tiempo y apenas es habitable. Tendrá que arreglarse con lo que tenga -dijo en tono irritado-. En el piso de abajo, pasando un salón y un despacho hay un gabinete. Hay un sofá cama bastante duro.
– No me importa.
– En el ala oeste, dejando atrás un comedor y una cocina, hay un baño. Dese una ducha caliente antes de que coja una pulmonía. Tendrá que secar la ropa en los radiadores. Hay una secadora pero está estropeada.
– Muy bien, yo…
– Si está preocupada por su intimidad no debe. Yo estoy trabajando en el piso de arriba. Manténgase lejos de la escalera y nos llevaremos bien. ¿Qué le ha ocurrido a su coche?
