
– ¿Mi coche?
– ¿Se le ha calado o ha caído en alguna zanja?
– No, el coche funciona. No pude continuar mi viaje debido a…
– La tormenta, es obvio. No dudo de que los detalles serán muy interesantes. Ya que su coche funciona supongo que no tendrá problemas en desaparecer antes de que yo me levante. Deje las cosas como las ha encontrado y estaremos en paz. Si tiene alguna pregunta hágala ahora.
– Ninguna, señor -dijo Bree sin poder evitar un tono militar en su respuesta.
Pareció que a Courtland se le pasaba por alto el intento de introducir un poco de sentido del humor en su charla. Bree pensó que debía ser lo único que había pasado por alto hasta entonces. Su mirada la había recorrido por completo, no de la manera en que un hombre mira a una mujer sino más bien como un científico examinando un microbio al microscopio. Intentó recordar la última vez en que un hombre la había tratado como si fuera un bicho molesto. Aunque Simón no tenía medio de saberlo, su actitud era maravillosamente reconfortante. Si sus instintos se hubieran inclinado hacia las morenas empapadas la situación podría haber sido problemática.
– Deduzco que viaja usted sola.
– Sí -contestó ella mientras pensaba que no tenía por qué ser tan evidente para él.
– Dígame si planea entrar después alguna criatura, humana o bestia, que tenga escondida en el maletero.
– Tiene mi palabra, «cher». Ni felinos, ni caninos, ni parásitos humanos -dijo ella seriamente.
Simón le lanzó una mirada que le hizo pensar en la posibilidad de que sonriera. Pero no. Nada podía arrancar una sonrisa de aquellos rasgos graníticos. En apariencia, cuando el señor Courtland dejaba de dar órdenes era que había dado por terminada la conversación. A sus espaldas se elevaba una escalera de roble dividida en dos descansillos.
