
Sólo encontró un cuarto cerrado, todos los demás estaban repletos de tesoros. El suelo del cuarto de estar estaba cubierto por una alfombra oriental gruesa y preciosa que debía tener más de cien años. La cocina, por la que había que pasar para acceder al baño tenía un hogar más alto que un hombre, un horno de ladrillos y una despensa que hubiera hecho las delicias de cualquier cocinero. El comedor disponía de un elevador empotrado que lo conectaba con la cocina.
Bree estaba encantada. Cuando un enorme reloj dio la una, decidió poner fin a su exploración. Existía el riesgo de que su anfitrión bajara a investigar aquellos ruidos extraños. Fue al gabinete y cerró la puerta.
Ya había descubierto que la luz principal no funcionaba pero había una lámpara junto al sofá. El gabinete estaba atestado de libros y olía a polvo y a tabaco de pipa. Cuando sacó la cama verificó las advertencias de Simón, el colchón era más duro que una piedra. No importaba, había dormido en sitios peores. Apagó la lámpara y se arrebujó en la manta dispuesta a dormir.
La oscuridad era absoluta. El viento gemía en la chimenea del hogar. Los relámpagos iluminaban unas sombras poco familiares. La casa tenía un aire un tanto fantasmal pero ella se sentía segura. No era la casa lo que le impedía conciliar el sueño, era la soledad. Demasiadas camas extrañas, demasiados lugares desconocidos. Un año sin un perchero en el que colgar su sombrero, un año de no ir a ninguna parte y, según su familia, de vivir temerariamente. La familia lo era todo en el lugar de donde procedía. Bree tenía unos doscientos parientes cercanos. Todos entonaban la misma cantinela, una mujer de veintisiete años debía vivir en un lugar fijo y estar casada a ser posible con un niño en camino o, por lo menos, una carrera.
Al principio el desafío de vagar sin rumbo le había parecido divertido. Las Navidades en Carolina del Sur, la primavera en las Montañas Nubladas, el verano en Maine. La América de las ciudades grandes y de los pueblos apartados, gente y modos de vida diferentes. A Bree le gustaba disfrutar de cada experiencia que el camino le brindara.
