
– ¿Cuánto tiempo? -preguntó.
– ¿Qué?
– La marea. ¿Cuánto tiempo tenemos?
– No lo sé. -Daidre miró el agua-. ¿Veinte minutos? ¿Media hora? No más.
– ¿Dónde hay un teléfono? Tiene coche. -Y con una variación de las palabras de ella, añadió-: Estamos perdiendo el tiempo. Yo puedo quedarme aquí con él… con él, si lo prefiere.
No lo prefería. Tenía la impresión de que el hombre se esfumaría como un fantasma si le dejaba allí. Sabría que ella iba a realizar la llamada que él tanto deseaba que se hiciera, pero desaparecería y la dejaría con… ¿qué? Lo sabía muy bien y no le apetecía.
– Venga conmigo -le dijo.
* * *
Fueron al hostal Salthouse Inn, el único lugar en kilómetros a la redonda que se le ocurrió que dispondría seguro de un teléfono. El hostal se levantaba en el cruce de tres carreteras: era una posada blanca y achaparrada del siglo XIII en el interior de Alsperyl, al sur de Shop y al norte de Woodford. Condujo deprisa, pero el hombre no se quejó ni mostró preocupación alguna por que acabaran despeñándose colina abajo o de cabeza contra un seto de tierra. No se abrochó el cinturón y no se sujetó.
No dijo nada. Ella tampoco. Avanzaban con la tensión de los desconocidos y también con la de todo lo que no habían dicho. Daidre respiró aliviada cuando por fin llegaron al hostal. Estar al aire libre, lejos de su hedor, era una especie de bendición. Tener algo delante de ella, una ocupación inmediata, era un regalo de Dios.
El hombre la siguió por la extensión de terreno pedragoso que hacía las veces de aparcamiento hasta la puerta baja. Los dos se agacharon para entrar en la posada. De inmediato se encontraron en un vestíbulo repleto de chaquetas, ropa para la lluvia y paraguas empapados. Ellos no se quitaron nada al entrar en el bar.
Los clientes de la tarde -los habituales del hostal- todavía ocupaban sus lugares normales: sentados a las mesas llenas de marcas más cercanas a la chimenea. El carbón emitía un resplandor acogedor. Arrojaba luz a las caras inclinadas hacia el fuego y proporcionaba una iluminación suave en las paredes manchadas de hollín.
