– Por aquí -gritó el hombre contra el viento, y la llevó al extremo norte de la cala. Desde allí, Daidre no necesitó más indicaciones. Vio el cuerpo sobre un saliente de pizarra: el impermeable rojo intenso, los pantalones oscuros y anchos para moverse mejor, los zapatos finos y flexibles. Llevaba un arnés alrededor de la cintura del que colgaban numerosas piezas metálicas y una bolsa ligera de la que caía una sustancia blanca sobre la roca. Magnesia para las manos, pensó. Se movió para verle la cara.

– Dios mío. Es… Es un escalador -dijo-. Mire, ahí está su cuerda.

Una parte estaba cerca, un cabo umbilical desenrollado al que todavía estaba atado el cadáver. El resto serpenteaba desde el cuerpo hasta el pie del acantilado, donde formaba un montículo desigual, sujeto hábilmente a un mosquetón que sobresalía del final.

Buscó el pulso aunque sabía que no lo encontraría. En este punto el acantilado tenía unos sesenta metros de altura. Si había caído desde allí -como seguramente era el caso- sólo un milagro le habría salvado. Y no se había producido ninguno.

– Tiene razón -le dijo a su compañero-. Está muerto. Y con la marea… Mira, vamos a tener que moverlo o…

– ¡No! -La voz del desconocido fue severa.

La cautela se apoderó de Daidre.

– ¿Qué?

– Tiene que verlo la policía. Debemos avisarla. ¿Dónde está el teléfono más cercano? ¿Tiene móvil? No había nada… -Señaló en la dirección de donde venían. No había teléfono en la cabaña.

– No tengo móvil -dijo ella-. No lo cojo cuando vengo aquí. ¿Qué más da? Está muerto. Ya veremos qué ha pasado. La marea está subiendo y si no lo movemos nosotros, lo hará el agua.



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