
Daidre saludó a los clientes con la cabeza. Ella también venía aquí, así que no le resultaban desconocidos, ni ella a ellos.
– Doctora Trahair -murmuraron.
– ¿Ha venido para el torneo? -le dijo uno, pero la pregunta murió cuando vio a su acompañante. Ojos clavados en él, ojos clavados en ella. Especulación y asombro. Los desconocidos no eran extraños en estos parajes. El buen tiempo los traía a Cornualles a manadas. Pero llegaban y se iban como habían venido -siendo desconocidos- y, por lo general, no aparecían en compañía de alguien familiar.
Daidre se acercó a la barra.
– Brian, necesito utilizar el teléfono. Ha habido un accidente terrible. Este hombre… -Miró a su acompañante-. No sé cómo se llama.
– Thomas -contestó el hombre.
– Thomas. Thomas ¿qué?
– Thomas -contestó él.
Daidre frunció el ceño, pero dijo al dueño:
– Este hombre, Thomas, ha encontrado un cadáver en Polcare Cove. Tenemos que llamar a la policía, Brian. -Y en voz más baja, añadió-: Es… Creo que es Santo Kerne.
* * *
El agente Mick McNulty estaba de servicio cuando la radio graznó y le despertó. Se consideró afortunado por estar en el coche de policía cuando entró la llamada. Acababa de echar un polvo rápido con su mujer a la hora del almuerzo, seguido por una cabezadita saciada, ambos desnudos debajo de la colcha, que habían arrancado de la cama («No podemos mancharla, Mick. ¡Es la única que tenemos!»), y hacía sólo cincuenta minutos que había reanudado su ronda por la A39, alerta a posibles malhechores. Pero el calor en el interior del coche combinado con el ritmo de los limpiaparabrisas y el hecho de que su hijo de dos años no le hubiera dejado pegar ojo durante la mayor parte de la noche anterior pesaba en sus párpados y le animó a buscar un área de descanso para aparcar y dormir un ratito. Estaba justo haciendo eso -dar cabezadas- cuando la radio le sacó de sopetón de sus sueños.
