«Un cadáver en la playa. Polcare Cove. Se requiere respuesta inmediata, acordonar la zona e informar.»

– ¿Quién ha dado el aviso? -quiso saber.

«Un excursionista y una mujer del pueblo. Se reunirán contigo en Polcare Cottage.»

– ¿Y dónde está eso?

«Santo cielo, tío. Piensa un poco, joder.»

Mick enseñó un dedo a la radio. Arrancó el coche y se incorporó a la carretera. Encendería las luces y la sirena, algo que por lo general sólo ocurría en verano cuando un turista con prisa cometía un error de cálculo con resultados funestos. En esta época del año, la única acción que presenciaba normalmente era la de un surfista impaciente por meterse en las aguas de la Bahía de Widemouth: demasiada velocidad en el aparcamiento, demasiado tarde para frenar y barranco abajo hasta la arena. Pero Mick entendía esa urgencia. Él también la sentía cuando las olas eran buenas y lo único que le impedía ponerse el traje de neopreno y coger la tabla era el uniforme que vestía y la idea de poder llevarlo -justo aquí en Casvelyn- hasta jubilarse. Dar al traste con su carrera no formaba parte de su estrategia. No en vano se llamaba «el ataúd de terciopelo» a un destino en Casvelyn.

Aun con la sirena y las luces, tardó casi veinte minutos en llegar a Polcare Cottage, que era la única residencia que había en la carretera que bajaba a la cala. La distancia no era mucha en línea recta -menos de ocho kilómetros-, pero en los caminos cabía menos de un coche y medio y, delimitados por tierras de labranza, bosque, aldeas y pueblos, todos estaban llenos de curvas.

La cabaña era de color mostaza, un faro en la tarde sombría. Era una anomalía en una región donde casi todas las estructuras eran blancas y, para desafiar aún más las tradiciones locales, sus dos edificaciones anexas eran violeta y lima, respectivamente. Ninguna de las dos estaba iluminada, pero las ventanas pequeñas de la cabaña arrojaban luz al jardín que la rodeaba.



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