
La primera advertencia de que las cosas no estaban como deberían llegó cuando salió de la carretera y accedió al sendero de gravilla y hierba que servía de entrada a su casa. La verja estaba abierta. No tenía candado, pero precisamente por eso sabía que la había dejado bien cerrada la última vez que había estado aquí. Ahora la apertura era lo bastante grande como para permitir pasar a una persona.
Daidre se quedó mirando un instante antes de maldecirse por ser tan asustadiza. Se bajó del coche, abrió la verja del todo y entró con el vehículo.
Cuando aparcó y fue a cerrar la verja, vio la huella, hundida en la tierra blanda junto a la entrada donde había plantado las primaveras. La pisada de un hombre, de una bota, parecía. Una bota de montaña. Aquello daba una perspectiva totalmente nueva a su situación.
Miró a la cabaña. La puerta azul parecía intacta, pero cuando rodeó sigilosamente el edificio para comprobar si veía más señales de intromisión, encontró una ventana rota. Era la que estaba al lado de la puerta que daba al arroyo y esa puerta no estaba cerrada con llave. En el escalón se había formado un montículo de barro fresco.
Aunque sabía que debería tener miedo, o al menos ser cautelosa, Daidre se enfureció al ver la ventana rota. En un estado de indignación absoluta, empujó la puerta para abrirla y cruzó la cocina hasta el salón, donde se detuvo. En la penumbra del día tenebroso, una forma emergía de su dormitorio. Era alto, llevaba barba e iba tan sucio que le olió desde el otro extremo de la habitación.
