– No sé quién coño eres ni qué estás haciendo aquí, pero te vas a ir ahora mismo o me pondré violenta contigo y te aseguro que eso es lo último que quieres que pase.

Luego alargó la mano detrás de ella para iluminar la cocina. Pulsó el interruptor y la luz inundó el salón delante del hombre, que avanzó un paso, y entonces le vio la cara.

– Dios mío -dijo ella-. Estás herido. Soy médica. ¿Puedo ayudarte?

Él señaló el mar. Desde aquí, Daidre podía oír las olas, como siempre, pero ahora parecían más cercanas porque el viento transportaba su sonido hasta la casa.

– Hay un cadáver en la playa -dijo el hombre-. Está en las rocas. Al pie del acantilado. Está… Está muerto. He roto la ventana para entrar. Lo siento. Pagaré los desperfectos. Buscaba un teléfono para llamar a la policía. ¿Cuál es la dirección?

– ¿Un cadáver? Enséñamelo.

– Está muerto. No se puede hacer…

– ¿Eres médico? No, ¿verdad? Yo sí. Enséñamelo. Estamos perdiendo el tiempo cuando podríamos estar salvando una vida.

Pareció que el hombre iba a protestar. Daidre se preguntó si sería por incredulidad. ¿Tú? ¿Médica? Demasiado joven. Pero al parecer vio su determinación. Se quitó la gorra, se pasó la manga de la chaqueta por la frente y se manchó la cara de barro sin saberlo. Vio que llevaba el pelo rubio demasiado largo y que era del mismo color que el de ella. Los dos lo tenían bien cuidado y claro, podrían parecer hermanos, incluso por los ojos. Los de él eran marrones. Los de ella también.

– Muy bien. Acompáñeme -dijo el hombre, cruzó la habitación y pasó por delante de ella, dejando tras de sí su aroma acre: sudor, ropa sucia, dientes sin cepillar, aceite corporal y algo más, más profundo y más perturbador. Daidre se apartó y mantuvo las distancias mientras salían de la cabaña y comenzaban a descender por el sendero.

El viento era feroz. Lucharon contra él bajo la lluvia mientras se dirigían rápidamente a la playa. Pasaron por el punto donde el arroyo del valle se abría en una charca antes de caer a un rompeolas natural y precipitarse al mar. Aquel lugar marcaba el principio de Polcare Cove, una playa estrecha cuando la marea estaba baja y sólo peñascos y rocas alisadas cuando estaba alta.



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