Estaba de pie junto a uno de los patrulleros. Me presenté y él me aseguró que leía el Journaltodos los días. Era un hombre robusto, bajo, de cabello muy corto.

– Jamás me había ocurrido algo así. Ni siquiera cuando estaba en el ejército, en el cincuenta y cuatro; nunca había visto cosa semejante.

– ¿Cómo fue exactamente? -pregunté.

Anoté sus palabras en la libreta. El hombre, aunque parecía bastante alterado, se expresaba con bastante claridad, y sus declaraciones servirían para un artículo complementario.

– Recuerdo que me fijé en sus brazos. Eran delgados, como los de una criatura. Estaban estirados hacia atrás pero no muy tensos, ¿sabe? Los tenía bastante laxos, como si el asesino no hubiese querido hacerle daño. Es decir, yo habría esperado que él tirase de ellos con fuerza antes de atárselos. -Se llevó los brazos a la espalda para hacer una demostración y echo los hombros hacía atrás-. Pero no estaban así.

Mientras hablaba, yo continuaba tomando notas.

– Pude ver su rostro -continuó-. En cierto modo, tenía una expresión tranquila, como si estuviera descansando, aunque vi que tenía casi toda la parte trasera de la cabeza destrozada. -Tragó saliva-. Dicho así suena muy frío, ¿verdad? En realidad no sé qué me ocurrió. Me quedé inmóvil allí, mirándola, y mi mente registraba lo que veía: cómo estaba tendida, cómo tenía apoyada la cabeza, la maraña de pelo apelmazado por la sangre… Tenía el cabello rubio.

»Se lo conté al detective, con todos los detalles. Y entonces ¿sabe qué pasó? Vomité. Estaba por allí -dijo, señalando unos arbustos-. Supongo que ustedes están acostumbrados a ver cadáveres de asesinados…

– Suficiente. Dígame, ¿a qué se dedica?

Escuché a medias mientras el hombre relataba su historia personal. Me habló de su costumbre de correr, de su ruta acostumbrada y del sol de la mañana. Dijo que había pasado junto a la muchacha al menos tres veces sin verla.



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