
De aquellos nueve, días los seis primeros había sufrido el enfermo de calenturas, y los otros tres había estado destilándosele la salud en desmayos y sobresaltos que lo mismo lo sacaban de esta vida que lo volvían a traer a ella por horas. En unode esos raros momentos de consciencia aprovechó para hacer testamento y confesarse, como se ha dicho, después de dar gracias al cielo una y mil veces de haberle devuelto el juicio y de poder morir cuerdo como Alonso Quijano el Bueno, cuando habría podido desdicharse Dios sabe por qué andurriales como don Quijote de la Mancha, el Loco.
Esa fue la gran novedad, ésa fue una felicísima noticia, desde luego, que a todos sus amigos y a la sobrina y al ama contentó lo indecible: don Quijote había recobrado el juicio. Al mismo tiempo a algunos, como a Sancho o al bachillerCarrasco, esa mejoría, en cambio, les pareció sospechosa y les llenó de tenebrosos presentimientos, porque empezaron a ver que su amo y amigo, como también iba confirmando el médico, se moría sin remedio, y dieron en pensar que acaso se moría por cuerdo, cuando de loco había sobrevivido a tantos asaltos inesperados y desiguales.
Conviene decir también que cuando don Quijote dijo, «ya no estoy loco», casi todos pensaron, al menos al principio: ahora es cuando más loco está, porque ésa es una manía que les entra a los locos, la de decirle a todo el mundo que ya han cobrado el juicio. Pero no, todo lo que habló a continuación y en los raros momentos que le dejaban los desmayos era de una admirable sensatez.
