– Miran por encima de las gafas, ¿eh? Eso es malo.

– ¿Cómo malo? -Dejó el documento sobre la mesa y empezó a incorporarse lenta y trabajosamente. Resopló-. Malísimo. Y además de mirar por encima de las gafas, fruncen el ceño. -Cuando Nina se ponía de pie, su estrecho cubículo se empequeñecía aún más. Su enorme mole parecía ocupar varios metros cúbicos.

Sacudí la cabeza. Nina me miró y añadió:

– Cuando Christopher Rodríguez, el portorriqueño testimonial, es llamado al sancta sanctórum del espionaje imperialista, hay lío seguro. ¿Sabes lo que es?

– Ni idea, Nina. Me llamó John anoche.

Arrastrando los pies de costado, Nina salió de detrás de su mesa. Sin dejar de mirarme, recogió los papeles que había esparcido y los metió en un cajón que cerró con llave. Nina siempre llevaba colgado de la cintura un llavero con una gran chapa en que rezaba: "aquí están las puñeteras llaves". Era absurdo porque nunca se le olvidaba nada ni se le perdía cosa alguna.

– Anda, vamos -dijo.

Se humedeció el pulgar de la mano derecha y se frotó una mancha de orín en el meñique izquierdo.

Salimos al pasillo. Cerró cuidadosamente la puerta y nos pusimos a andar lentamente hacia la derecha, hacia la sala de reuniones que estaba al fondo, detrás de una puerta doble. Llegamos a ella y Nina la abrió. Como siempre, me sorprendió la inmensidad de la habitación. Los dos gigantescos ventanales haciendo esquina, en un rincón el enorme ficus, y la gran mesa en el centro. Hay una moqueta color tabaco que se carga de estática. Siempre me llevo unos calambres tremendos. Todos hemos aprendido a dar un golpe con los nudillos en la pared antes de tocar nada.

Cerré la puerta mientras Nina se dirigía hacia uno de los sillones giratorios que había alrededor de la mesa. Se sentó pesadamente.

Estornudé.

– ¿Qué te pasa, amor? ¿Te has acatarrado?

– Me he acatarrado.

John Lawrence, el jefe de sección, entró en ese momento en la sala. Y en vez de sonreír, como siempre, frotándose las manos con aire amable y exclamando "¡hola, hola, hola a todos!", nos miró por encima de las gafas, se sentó a la mesa con aire preocupado y no pronunció palabra. Miré a Nina; se encogió de hombros.



10 из 290