
A Nina Mahler le solía temblar la doble papada cuando concentraba intensamente su atención. Y, detrás de la cara abotargada y ansiosamente inquisitiva, brillaba un cerebro privilegiado, cuyos procesos eran tanto más rápidos cuanto más mortecina se hacía la expresión de sus ojos. Sus ojos, bellos, románticos y tristes, atestiguaban un esplendor pasado, hoy sumergido en hamburguesas, patatas, pan y salsas. Nina, en realidad, hubiera cambiado con gusto su inteligencia por un físico más agraciado y por un corazón menos sentimental. Estoy seguro de que hubiera pagado dinero por tener un poco de la belleza tonta y moralmente venal de Jean, su espléndida secretaria.
Nina Mahler se enamoraba regularmente del agente al que controlaba en ese momento. El término, con éxito o no, de cada operación se saldaba, en el caso de Nina, por mor de sentimientos no correspondidos, con una depresión negra, pronto transformada sin embargo en amor maternal. Tenía, después de tantos años, una pléyade de hijos espirituales. "Nina, Nina -le había dicho una vez-, tu vida transcurre entre el complejo de Edipo y el arco de Cupido." Una de mis frases menos afortunadas.
– ¡Chris, amor! -exclamó al verme asomar la cabeza. Se apartó el papel que tenía delante de la cara e hizo una mueca de disgusto-. Y además vienes tú. Esto confirma mis peores sospechas. Sonreí.
– ¿Por qué?
– Algo pasa, amor. Todos nuestros ilustrados jefes se pasean como almas en pena, con la cara solemne de los graves momentos. Guardan silencio, miran por encima de las gafas y mueven las manos significativamente.
