– John, amor, qué callado te veo. Serás portador de malas noticias… y además, te traes a la alegría de la huerta -dijo, señalándome con el pulgar-. John, John, algo te traes entre manos.

– Tenemos, en efecto, un pequeño problema que tal vez valga la pena desentrañar. Yo diría que es una cuestión potencialmente embarazosa. -Extendió las manos, impecablemente pulcras y cuidadas -. Pero no debes tener cuidado, Nina; no es cosa que deba alterar tu ritmo vital…

– Vamos, que no me meta en lo que nadie me manda, ¿eh?

– Precisamente.

Nina sonrió y, como por arte de magia, extrajo unos papeles de dentro de su chaqueta de lana, se los llevó a la cara y se puso a escudriñarlos intensamente. Nunca he entendido cómo hace estos trucos. Evidentemente, los utiliza para desconcertar.

Hubo un largo silencio. Saqué un paquete de cigarrillos, escogí uno, me lo puse en la boca y lo encendí. El primero del día. No estaba mal este último esfuerzo mío por reducir mi consumo de tabaco.

– Estás acatarrado -dijo Nina sin levantar la vista -. No te conviene nada.

Y chasqueó la lengua, encantada de haber dicho su maldad de cada día.

Se abrió la puerta y entró David Gardner, un hombre corpulento, de actitudes positivas y gesto preciso. Era el director del centro.

– Sé de buena fuente, amor, que duerme con la pajarita puesta y que lleva las gafas atornilladas a la nariz -me dijo Nina una vez-. Por eso le cuesta más trabajo que a nadie mirar por encima de ellas en los momentos de tensión histórica.

Gardner no era santo de su devoción.

– Buenos días, señores; John, Christopher -dijo. Ignoraba sistemáticamente a las mujeres que hubiera en cualquier lugar de trabajo. Por lo que a él se refería, Nina Mahler era una máquina de producir datos y de discurrir. Inmediatamente, ésta se apartó los papeles de la cara y se puso a hablar, mientras Gardner se sentaba a la cabecera de la mesa, enarcando las cejas y enfrascándose en la lectura de unos documentos que traía consigo.



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