– John -dijo Nina -, a mí estas reuniones me fastidian mucho: nunca se sabe en qué acaban. Qué quieres que te diga. No me gusta.

– Nina, me gustaría que prestara un poco de atención a lo que nos traemos entre manos -exclamó John con impaciencia.

– ¿Y qué nos traemos entre manos, amor?

– Nina -murmuré.

– Sí, bueno. OK, OK, OK… me callo. Pero nadie me pregunta por qué todo esto me huele a chamusquina. Luego se arma la que se arma -dijo en voz baja.

Cuánta razón tenía. Gardner, totalmente abstraído, levantó los ojos con aire de no haber oído nada.

– Bueno, señores, vamos al grano -dijo, mirando imperiosamente a través de sus gafas de gruesa montura de concha-. Nuestros primos de enfrente…

No pude evitar una sonrisa. Cuando se refería a la CÍA, a Gardner le asaltaba el melodrama Bogart y les llamaba nuestros primos de enfrente.

– … tienen un problema y nos piden que les ayudemos a resolverlo. Me he tomado la libertad de convocar a Christopher porque pienso que, como siempre en estos casos, es la persona más idónea para ayudarnos.

Nadie le creía cuando decía estas cosas; todos sabemos que no pensaba que fuera la persona más idónea para nada. Le parecía demasiado anárquico e indisciplinado. Pero tenía que acudir a mí, creo, porque se lo ordenaba el propio presidente, desde que le hice un pequeño favor que agradeció bastante. Gardner no me tenía ninguna simpatía, no. No es sólo que nuestros caracteres fueran radicalmente distintos, que nuestras respectivas maneras de entender la vida difirieran profundamente. Según él, probablemente, yo era un bohemio, que era lo peor que se podía ser. Pero además, en los años en que llevaba trabajando para él, había habido muchas ocasiones en las que habíamos estado en violento desacuerdo sobre una cuestión u otra. La verdad es que, como era el jefe y las discusiones las acababa ganando él, el resentido debiera haber sido yo. Así es la vida.



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